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Crónica de un rescate Mary jane - Caleta de los Loros A
comienzos de los años 70, un artículo en la revista Siete Días sacudió
la monotonía de San Antonio Oeste. En este artículo se relataba una
excursión a los restos de un naufragio ocurrido entre mediados y fines del
siglo XIX. Para este pequeño pueblo patagónico, en ese entonces habitado
por aproximadamente 7000 habitantes, había sido todo un acontecimiento el
ser protagonista de una revista de difusión nacional. Si
bien en el pueblo se sabía del naufragio, con este artículo tomó
conocimiento público. No recuerdo exactamente si fue en el año 1974 ó
1975, pero sí que fue en febrero, cuando mi padre, Poul "Pol"
Pedersen, y un amigo de él, Amanlio "El gringo" Giordano,
organizaron una "expedición" para rescatar del naufragio del
Mary Jane la famosa olla que tanta gente había mencionado … e intentado
sacar sin éxito. La
olla en cuestión apenas sobresalía unos centímetros del fondo y quedaba
tapada por un hilo de agua con la bajamar. Tenía una boca de un poco menos
de 90 centímetros de diámetro y la forma típica de las marmitas en la
que tantos humoristas dibujaron con exploradores en su interior mientras
los caníbales "los preparaban en sopa". La particularidad de
esta olla, era que tenía un lateral plano, de manera que al volcarla hacia
un lado, todo el interior se vaciaba totalmente. Era de fundición y de
buen espesor de pared, entre diez y quince milímetros aproximadamente. El
grupo se formó rápidamente porque corrían rumores en el pueblo de que se
estaba organizando otra expedición, así que pasó a ser una especie de
carrera contra el reloj. Se sumaron al equipo el doctor Benjamín
"Benja" Neumevakin, Clemente "Chiche" Giordano, Mario
"El Chango" Velurtas y por último una persona que por el paso
del tiempo no hemos podido recordar su nombre, pero que sí ha quedado en
nuestra memoria su apodo … Catraca. Llegar
al lugar no era fácil. No existía el camino de la costa, y había que
pedir permiso (y la llave de los candados de las tranqueras) para pasar por
varios campos y llegar a la Caleta. Luego se bordeaba la costa interior
hasta un lugar donde había un pozo con agua dulce, construido con varios
tambores desfondados, puestos unos encima de otros y enterrados hasta unos
cinco metros de profundidad. Y así, casi milagrosamente, de entre medio de
los médanos y a pocos metros del mar, se podía sacar agua dulce. Este fenómeno
ya lo había observado Alcide D'Orbigny en su viaje por Sudamérica, cuando
estuvo en Patagones y en sus exploraciones llegó hasta la Ensenada de los
Loros. Pudo él mismo, con sus conocimientos de geología, describir e
indicar un lugar para excavar, donde pudieron encontrar agua. Primero
se hizo un viaje de reconocimiento. De guías oficiaron Don Fernando
Navarrete y su hijo Juan Domingo, conocidos pescadores de San Antonio y los
acompaño un periodista del diario Río Negro, de apellido Galván. Tomaron
enfilaciones y rápidamente se dieron cuenta que Arquímedes los iba a
ayudar. Volvieron a San Antonio y se dispusieron a buscar cinco tambores de
200 litros, cadenas, sogas, barretas y un trailer plano. Al
fin de semana siguiente partimos hacia Caleta con todo el equipo. Partimos,
digo, porque con mis 11 años recién cumplidos me permitieron participar
de esta expedición, lo que desde mi perspectiva de niño era una gran
aventura. Salimos
de San Antonio a las 4 de la mañana. Yo por supuesto no pegué un ojo en
toda la noche !. El tiempo no acompañaba. Hacía frío y llovía de a
ratos. Apenas llegamos nos pusimos a bajar las carpas y a armar el
campamento. Luego salimos en la Baqueano 1000 con doble tracción (hoy se
definiría como 4x4 !), alias "Troncomóvil", del
"Gringo" Giordano, con el trailer enganchado y los tambores. El
fondo de la caleta se alterna entre piso blando, firme y cangrejal, por lo
que tuvimos que dejar el troncomovil en una zona firme y seguir un trecho
caminando con el trailer y los tambores de tiro. De
a poco nos arrimamos a la zona siguiendo las enfilaciones que habían
tomado la semana anterior. Había partes donde nos hundíamos hasta la
rodilla. Finalmente comenzamos a encontrar los restos. Chapas de cobre,
pedazos de obenques recubiertos con hilo arrollado y embreado, suelas de
madera, barriles de pólvora, y finalmente … la olla !. Del
barco en sí no se veía nada. Hace unos años, la gente del lugar nos
contaba que sobresalía una banda. Me llamó la atención un barril pequeño,
de unos 50 centímetros de alto por 30 de diámetro, que en su interior tenía
una especie de tornillo de 3/4 de pulgada que lo atravesaba por el centro,
desde el fondo hasta la tapa. Parecería que la función de este tornillo
era sujetar la tapa a presión con una tuerca central. Dedujimos que por el
tamaño y las incrustaciones color negro, estos barrilitos estarían
destinados a transportar pólvora. Por otra parte, este tipo de incrustación
estaba presente en varios elementos que encontramos, tales como obenques,
chapas de cobre, etc. Los obenques tendrían un diámetro de una pulgada,
parecían estar formados por varios hilos paralelos y envueltos en varias
capas de hilo embreado. Se encontraban en tramos de dos metros, no eran
para nada flexibles y la parte protegida por el hilo se encontraba en buen
estado. Las chapas de cobre no eran muy gruesas. Quizás un milímetro de
espesor. Habiendo
ubicado la olla, no había tiempo que perder. El destino depositó al Mary
Jane en un sitio en el que el mar nos lo prestaba por poco tiempo. Mientras
papá y el gringo se ponían el equipo de neoprene, bajamos los tambores,
sogas, barretas y demás elementos. Tuvimos el tiempo justo para atar los
tambores a la olla para cuando comenzó a entrar la punta de la pleamar.
Nos fuimos retirando a pié del lugar, con el trailer de tiro, mientras papá
y el Gringo disponían los cientos de metros de soga que se harían firme
en las barretas clavadas al fondo para controlar los movimientos de la
olla, de modo que no quedara a merced de la corriente de agua una vez que
Arquímedes hiciera su trabajo. Ya
en terreno firme y con el troncomóvil a salvo del agua, nos dispusimos a
mirar con el largavistas a papá y el Gringo. Por ser la caleta de fondo
muy plano, el mar la cubre rápidamente, y nuestra intriga era ver si la
cantidad de tambores era suficiente para descalzar a la olla del fondo.
Arquímedes predijo que todo cuerpo sumergido experimenta un empuje hacia
arriba, igual al peso del líquido desalojado. Mil litros de agua de mar
deberían ejercer más de mil kilos de tracción sobre la olla. ¿ sería
suficiente ?. Veíamos
a lo lejos que de a poco los tambores se iban hundiendo centímetro a centímetro
en el agua. Cada centímetro agregaba kilos de empuje, pero también
sumaban ansiedad. Al cabo de un tiempo desaparecieron de la superficie y sólo
podíamos observar el típico soplido del agua de los snorkels de papá y
el Gringo, que a puro pulmón bajaban turnándose para hacer uso de su arma
secreta. Un par de paletas de ping pong. Con el aletear de las paletas, y
ayudados por la fuerte corriente, iban vaciando de arena el interior de la
olla, y con esto volcando la pulseada a favor de Arquímedes. Pero
así y todo, el fondo se aferraba firmemente a su compañera de tantos años,
y la forma curva de ésta no favorecía el desprendimiento. El mar entraba
ahora a la caleta con todo su empuje, lo cual complicaba el nado alrededor
de la olla, aumentaba el cansancio y disminuía el tiempo de apnea justo
cuando la profundidad a descender aumentaba. De
pronto, entre burbujas y nubes de barro con arena, el fondo cedió y la
olla subió a la superficie colgada de los tambores. El Gringo gritó de
alegría olvidándose que estaba a cuatro metros de profundidad, con lo que
la luneta se le llenó de agua. Percance menor frente a lo que se venía.
Ahora la corriente empujaba a la olla caleta adentro, y había que evitar sí
o sí los cangrejales ó fondos muy flojos. Maniobrando
el par de sogas como fondeo y pivotando sobre un punto fijo por vez, iban
llevando la olla hacia un costado de la caleta donde había fondo firme.
Cada tanto, bajaban a meter el dedo índice en el fondo para ver si podría
soportar el peso del troncomovil. Desde lejos veíamos sobresalir apenas
unos centímetros a los tambores, con lo que el cálculo de Arquímedes
resultó ser bastante justo. Poco
a poco se arrimaban al lugar. Ya la corriente no empujaba cuando decidieron
fondear la olla. Bastó con sacar un tapón de un tambor para mandar a
pique los tambores y olla. Como
no contábamos con un bote tuvieron que nadar bastante antes de llegar a
donde estábamos. Cuando llegaron a la orilla, iban nadando sobre apenas 40
cm de agua. Era más fácil nadar que caminar enterrándose hasta la
rodilla en ese fondo. Finalmente se levantaron, y no voy a olvidar nunca la
envergadura que adquirió mi padre para mis jóvenes once años. Era poco
menos que un héroe de carne y hueso … ¡ con una cara de cansancio
indescriptible !. Se clavaron … literalmente … una cerveza cada uno, de
un solo tirón. ¡ Misión cumplida !. Se había completado la primer parte
del plan. Quedaba para el día siguiente la segunda, y no menos complicada
parte. Llegar con el troncomóvil a donde estaba la olla, y convencerla de
que tenía que subirse al trailer. La
noche transcurrió bajo una fuerte sudestada. Frío, lluvia y mucho viento,
que para la mañana fue amainando. Pero de todas maneras el frío ya me había
calado hasta los huesos y me puse cuanta pilcha había traído. Apenas
bajó el mar, salimos a buscar la olla. Llegar no fue rápido ya que había
que ir buscando un camino firme para el troncomóvil. Finalmente llegamos y
rápidamente se armó el operativo para cargar la olla al trailer. El
troncomóvil oficiaba normalmente de auxilio del taller mecánico del
gringo, por lo que tenía el típico malacate, elemento esencial para
convencer a la olla que se subiera al trailer. Arrimamos el trailer por el
lateral plano de la olla. Por arriba de la lanza del trailer pasamos el
cable de acero del malacate que se hizo firme en las asas de la olla y el
gringo empezó a girar la palanca del mismo. La olla se fue volcando sobre
el lateral plano hasta que terminó por volcarse boca abajo sobre el
trailer. Faltaba subirlo un poco para centrar el peso sobre el trailer.
Para esto el agua avanzaba de nuevo ingresando a la caleta. La teníamos a
pocos metros, pero el gringo ya giraba la palanca para que la olla avanzara
los últimos centímetros sobre el trailer. En eso estábamos cuando se zafó
la traba y la olla patinó cuesta abajo el trailer … ¡ Y a empezar de
nuevo con el agua pasando por debajo del troncomóvil !. Quedan censuradas
todas las expresiones que se vertieron en esa situación !. Pero rápidamente
se volvió a poner las cosas en su lugar y salimos no sin esfuerzo de esa
situación. Al rato estábamos en el campamento dando rienda suelta a los
festejos. Las fotos son testimonio de esos momentos. La
historia finaliza con la entrada a San Antonio Oeste. Domingo a las 18 hs.
Todo el pueblo en la típica vuelta del perro … y el gringo, fiel a su
extrovertida forma de demostrar su alegría, incorporándose a la caravana
con bocinazos para no pasar desapercibido. A fin de asegurar que esto último
no ocurriera se subió a la plaza del pueblo y estacionó al troncomovil y
la olla frente al monumento a San Martín, de manera que todo el pueblo se
enterara !. Al
día siguiente se comenzaron con las tareas de conservación que nos habían
sugerido en el museo de Patagones. La olla quedó en exposición por varios
años en el Club Náutico. No sé cuando ni bajo que circunstancias, la
olla fue entregada a la Municipalidad donde el mejor destino que le
encontraron fue como depositario de la basura del corralón. Falto del
mantenimiento indispensable, se deterioró de tal manera que se abrió un
agujero en un costado. Muchos años después me encontré con la grata
sorpresa que estaba en el museo de San Antonio Oeste. Pero cuando le
consulté al encargado sobre el origen, me respondió que no tenía idea.
Afortunadamente cuando le conté esta historia se mostró muy interesado y
me pidió que le pasara toda la información que yo disponía. Así fue, y
finalmente hoy tiene su merecido lugar en el museo. Como
conclusión de estas experiencias, y luego de transcurrido muchos años, me
doy cuenta de la importancia de tomar conciencia sobre lo valioso que son
estos elementos, lo importante que es preservarlos y administrarlos como
corresponde. Por carencia de estos cuidados, se perdió el rastro de los
obenques, barriles, suelas de botas, y demás elementos que fueron
retirados de este pecio. |