Mirá la última actualización del ROV en la carpeta Proyectos / Equipos...  La próxima salida la programaremos para Enero 07 - probablemente a MDQ -

 

Crónica de un rescate

Mary jane - Caleta de los Loros

 

A comienzos de los años 70, un artículo en la revista Siete Días sacudió la monotonía de San Antonio Oeste. En este artículo se relataba una excursión a los restos de un naufragio ocurrido entre mediados y fines del siglo XIX. Para este pequeño pueblo patagónico, en ese entonces habitado por aproximadamente 7000 habitantes, había sido todo un acontecimiento el ser protagonista de una revista de difusión nacional.

 

Si bien en el pueblo se sabía del naufragio, con este artículo tomó conocimiento público. No recuerdo exactamente si fue en el año 1974 ó 1975, pero sí que fue en febrero, cuando mi padre, Poul "Pol" Pedersen, y un amigo de él, Amanlio "El gringo" Giordano, organizaron una "expedición" para rescatar del naufragio del Mary Jane la famosa olla que tanta gente había mencionado … e intentado sacar sin éxito.

 

La olla en cuestión apenas sobresalía unos centímetros del fondo y quedaba tapada por un hilo de agua con la bajamar. Tenía una boca de un poco menos de 90 centímetros de diámetro y la forma típica de las marmitas en la que tantos humoristas dibujaron con exploradores en su interior mientras los caníbales "los preparaban en sopa". La particularidad de esta olla, era que tenía un lateral plano, de manera que al volcarla hacia un lado, todo el interior se vaciaba totalmente. Era de fundición y de buen espesor de pared, entre diez y quince milímetros aproximadamente.

 

El grupo se formó rápidamente porque corrían rumores en el pueblo de que se estaba organizando otra expedición, así que pasó a ser una especie de carrera contra el reloj. Se sumaron al equipo el doctor Benjamín "Benja" Neumevakin, Clemente "Chiche" Giordano, Mario "El Chango" Velurtas y por último una persona que por el paso del tiempo no hemos podido recordar su nombre, pero que sí ha quedado en nuestra memoria su apodo … Catraca.

 

Llegar al lugar no era fácil. No existía el camino de la costa, y había que pedir permiso (y la llave de los candados de las tranqueras) para pasar por varios campos y llegar a la Caleta. Luego se bordeaba la costa interior hasta un lugar donde había un pozo con agua dulce, construido con varios tambores desfondados, puestos unos encima de otros y enterrados hasta unos cinco metros de profundidad. Y así, casi milagrosamente, de entre medio de los médanos y a pocos metros del mar, se podía sacar agua dulce. Este fenómeno ya lo había observado Alcide D'Orbigny en su viaje por Sudamérica, cuando estuvo en Patagones y en sus exploraciones llegó hasta la Ensenada de los Loros. Pudo él mismo, con sus conocimientos de geología, describir e indicar un lugar para excavar, donde pudieron encontrar agua.

 

Primero se hizo un viaje de reconocimiento. De guías oficiaron Don Fernando Navarrete y su hijo Juan Domingo, conocidos pescadores de San Antonio y los acompaño un periodista del diario Río Negro, de apellido Galván. Tomaron enfilaciones y rápidamente se dieron cuenta que Arquímedes los iba a ayudar. Volvieron a San Antonio y se dispusieron a buscar cinco tambores de 200 litros, cadenas, sogas, barretas y un trailer plano.

 

Al fin de semana siguiente partimos hacia Caleta con todo el equipo. Partimos, digo, porque con mis 11 años recién cumplidos me permitieron participar de esta expedición, lo que desde mi perspectiva de niño era una gran aventura.

 

Salimos de San Antonio a las 4 de la mañana. Yo por supuesto no pegué un ojo en toda la noche !. El tiempo no acompañaba. Hacía frío y llovía de a ratos. Apenas llegamos nos pusimos a bajar las carpas y a armar el campamento. Luego salimos en la Baqueano 1000 con doble tracción (hoy se definiría como 4x4 !), alias "Troncomóvil", del "Gringo" Giordano, con el trailer enganchado y los tambores. El fondo de la caleta se alterna entre piso blando, firme y cangrejal, por lo que tuvimos que dejar el troncomovil en una zona firme y seguir un trecho caminando con el trailer y los tambores de tiro.

 

De a poco nos arrimamos a la zona siguiendo las enfilaciones que habían tomado la semana anterior. Había partes donde nos hundíamos hasta la rodilla. Finalmente comenzamos a encontrar los restos. Chapas de cobre, pedazos de obenques recubiertos con hilo arrollado y embreado, suelas de madera, barriles de pólvora, y finalmente … la olla !.

 

Del barco en sí no se veía nada. Hace unos años, la gente del lugar nos contaba que sobresalía una banda. Me llamó la atención un barril pequeño, de unos 50 centímetros de alto por 30 de diámetro, que en su interior tenía una especie de tornillo de 3/4 de pulgada que lo atravesaba por el centro, desde el fondo hasta la tapa. Parecería que la función de este tornillo era sujetar la tapa a presión con una tuerca central. Dedujimos que por el tamaño y las incrustaciones color negro, estos barrilitos estarían destinados a transportar pólvora. Por otra parte, este tipo de incrustación estaba presente en varios elementos que encontramos, tales como obenques, chapas de cobre, etc. Los obenques tendrían un diámetro de una pulgada, parecían estar formados por varios hilos paralelos y envueltos en varias capas de hilo embreado. Se encontraban en tramos de dos metros, no eran para nada flexibles y la parte protegida por el hilo se encontraba en buen estado. Las chapas de cobre no eran muy gruesas. Quizás un milímetro de espesor.

 

Habiendo ubicado la olla, no había tiempo que perder. El destino depositó al Mary Jane en un sitio en el que el mar nos lo prestaba por poco tiempo. Mientras papá y el gringo se ponían el equipo de neoprene, bajamos los tambores, sogas, barretas y demás elementos. Tuvimos el tiempo justo para atar los tambores a la olla para cuando comenzó a entrar la punta de la pleamar. Nos fuimos retirando a pié del lugar, con el trailer de tiro, mientras papá y el Gringo disponían los cientos de metros de soga que se harían firme en las barretas clavadas al fondo para controlar los movimientos de la olla, de modo que no quedara a merced de la corriente de agua una vez que Arquímedes hiciera su trabajo.

 

Ya en terreno firme y con el troncomóvil a salvo del agua, nos dispusimos a mirar con el largavistas a papá y el Gringo. Por ser la caleta de fondo muy plano, el mar la cubre rápidamente, y nuestra intriga era ver si la cantidad de tambores era suficiente para descalzar a la olla del fondo. Arquímedes predijo que todo cuerpo sumergido experimenta un empuje hacia arriba, igual al peso del líquido desalojado. Mil litros de agua de mar deberían ejercer más de mil kilos de tracción sobre la olla. ¿ sería suficiente ?.

 

Veíamos a lo lejos que de a poco los tambores se iban hundiendo centímetro a centímetro en el agua. Cada centímetro agregaba kilos de empuje, pero también sumaban ansiedad. Al cabo de un tiempo desaparecieron de la superficie y sólo podíamos observar el típico soplido del agua de los snorkels de papá y el Gringo, que a puro pulmón bajaban turnándose para hacer uso de su arma secreta. Un par de paletas de ping pong. Con el aletear de las paletas, y ayudados por la fuerte corriente, iban vaciando de arena el interior de la olla, y con esto volcando la pulseada a favor de Arquímedes.

 

Pero así y todo, el fondo se aferraba firmemente a su compañera de tantos años, y la forma curva de ésta no favorecía el desprendimiento. El mar entraba ahora a la caleta con todo su empuje, lo cual complicaba el nado alrededor de la olla, aumentaba el cansancio y disminuía el tiempo de apnea justo cuando la profundidad a descender aumentaba.

 

De pronto, entre burbujas y nubes de barro con arena, el fondo cedió y la olla subió a la superficie colgada de los tambores. El Gringo gritó de alegría olvidándose que estaba a cuatro metros de profundidad, con lo que la luneta se le llenó de agua. Percance menor frente a lo que se venía. Ahora la corriente empujaba a la olla caleta adentro, y había que evitar sí o sí los cangrejales ó fondos muy flojos.

 

Maniobrando el par de sogas como fondeo y pivotando sobre un punto fijo por vez, iban llevando la olla hacia un costado de la caleta donde había fondo firme. Cada tanto, bajaban a meter el dedo índice en el fondo para ver si podría soportar el peso del troncomovil. Desde lejos veíamos sobresalir apenas unos centímetros a los tambores, con lo que el cálculo de Arquímedes resultó ser bastante justo.

 

Poco a poco se arrimaban al lugar. Ya la corriente no empujaba cuando decidieron fondear la olla. Bastó con sacar un tapón de un tambor para mandar a pique los tambores y olla.

 

Como no contábamos con un bote tuvieron que nadar bastante antes de llegar a donde estábamos. Cuando llegaron a la orilla, iban nadando sobre apenas 40 cm de agua. Era más fácil nadar que caminar enterrándose hasta la rodilla en ese fondo. Finalmente se levantaron, y no voy a olvidar nunca la envergadura que adquirió mi padre para mis jóvenes once años. Era poco menos que un héroe de carne y hueso … ¡ con una cara de cansancio indescriptible !. Se clavaron … literalmente … una cerveza cada uno, de un solo tirón. ¡ Misión cumplida !. Se había completado la primer parte del plan. Quedaba para el día siguiente la segunda, y no menos complicada parte. Llegar con el troncomóvil a donde estaba la olla, y convencerla de que tenía que subirse al trailer.

 

La noche transcurrió bajo una fuerte sudestada. Frío, lluvia y mucho viento, que para la mañana fue amainando. Pero de todas maneras el frío ya me había calado hasta los huesos y me puse cuanta pilcha había traído.

 

Apenas bajó el mar, salimos a buscar la olla. Llegar no fue rápido ya que había que ir buscando un camino firme para el troncomóvil. Finalmente llegamos y rápidamente se armó el operativo para cargar la olla al trailer. El troncomóvil oficiaba normalmente de auxilio del taller mecánico del gringo, por lo que tenía el típico malacate, elemento esencial para convencer a la olla que se subiera al trailer. Arrimamos el trailer por el lateral plano de la olla. Por arriba de la lanza del trailer pasamos el cable de acero del malacate que se hizo firme en las asas de la olla y el gringo empezó a girar la palanca del mismo. La olla se fue volcando sobre el lateral plano hasta que terminó por volcarse boca abajo sobre el trailer. Faltaba subirlo un poco para centrar el peso sobre el trailer. Para esto el agua avanzaba de nuevo ingresando a la caleta. La teníamos a pocos metros, pero el gringo ya giraba la palanca para que la olla avanzara los últimos centímetros sobre el trailer. En eso estábamos cuando se zafó la traba y la olla patinó cuesta abajo el trailer … ¡ Y a empezar de nuevo con el agua pasando por debajo del troncomóvil !. Quedan censuradas todas las expresiones que se vertieron en esa situación !. Pero rápidamente se volvió a poner las cosas en su lugar y salimos no sin esfuerzo de esa situación. Al rato estábamos en el campamento dando rienda suelta a los festejos. Las fotos son testimonio de esos momentos.

 

La historia finaliza con la entrada a San Antonio Oeste. Domingo a las 18 hs. Todo el pueblo en la típica vuelta del perro … y el gringo, fiel a su extrovertida forma de demostrar su alegría, incorporándose a la caravana con bocinazos para no pasar desapercibido. A fin de asegurar que esto último no ocurriera se subió a la plaza del pueblo y estacionó al troncomovil y la olla frente al monumento a San Martín, de manera que todo el pueblo se enterara !.

 

Al día siguiente se comenzaron con las tareas de conservación que nos habían sugerido en el museo de Patagones. La olla quedó en exposición por varios años en el Club Náutico. No sé cuando ni bajo que circunstancias, la olla fue entregada a la Municipalidad donde el mejor destino que le encontraron fue como depositario de la basura del corralón. Falto del mantenimiento indispensable, se deterioró de tal manera que se abrió un agujero en un costado. Muchos años después me encontré con la grata sorpresa que estaba en el museo de San Antonio Oeste. Pero cuando le consulté al encargado sobre el origen, me respondió que no tenía idea. Afortunadamente cuando le conté esta historia se mostró muy interesado y me pidió que le pasara toda la información que yo disponía. Así fue, y finalmente hoy tiene su merecido lugar en el museo.

 

Como conclusión de estas experiencias, y luego de transcurrido muchos años, me doy cuenta de la importancia de tomar conciencia sobre lo valioso que son estos elementos, lo importante que es preservarlos y administrarlos como corresponde. Por carencia de estos cuidados, se perdió el rastro de los obenques, barriles, suelas de botas, y demás elementos que fueron retirados de este pecio.